
El expresidente francés Nicolas Sarkozy regresó este lunes al banquillo de los acusados en la jornada de apertura del proceso en apelación por la financiación de su campaña de 2007 con dinero del régimen libio de Muamar Gadafi, por el que fue condenado en primera instancia a cinco años de cárcel, lo que le llevó a pasar tres semanas tras los barrotes.
Es la condena más dura dictada hasta ahora contra el inquilino del Elíseo entre 2007 y 2012, que cuenta ya con dos sentencias definitivas en otras tantas causas de arresto domiciliario avaladas por el Supremo.
El caso de la financiación libia, en el que fue condenado por asociación de malhechores, resultó en que fuera el primer ex jefe del Estado en ingresar a prisión.
Lo hizo entre el 21 de octubre y el 10 de noviembre pasados, antes de ser puesto en libertad provisional en virtud de su edad, 70 años.
Sarkozy acudió al tribunal, al que accedió sin hacer declaraciones a la prensa, vestido de un traje azul y con corbata oscura, y se sentó en la parte delantera reservada a los acusados, 11 en total.
Hasta el 3 de junio, el vetusto tribunal de la isla de la Cité, a dos pasos de Notre Dame, volverá a revivir los testimonios que llevaron a la condena de Sarkozy por asociación de malhechores, al considerar probado que existió un «pacto de corrupción» a lo largo de 2005, entre los emisarios del entonces ministro del Interior, que no ocultaba sus ambiciones presidenciales, con grandes dignatarios del régimen libio.
Poco importó que no existiera rastro de los presuntos pagos a la campaña de Sarkozy desvelados por varios testigos, los jueces consideraron suficiente la intención y, según la sentencia, esta quedó probada.
Junto a él fueron condenados dos de sus principales allegados políticos, Claude Guéant y Brice Hortefeux, culpables de haberse reunido con Abdallah Senoussi, yerno de Gadafi y número 2 del régimen, dispuesto a inyectar ingentes cantidades de dinero, hasta 6.5 millones de euros, según la acusación, a cambio de liberarse de la pena de cadena perpetua por el atentado contra un avión en 1989 en el que murieron 170 personas, 54 de ellas, francesas.
Aunque el expresidente negó durante el proceso en primera instancia conocer esas reuniones, los jueces consideraron poco probable que ambos, amigos personales y estrechos colaboradores, no rindieran cuentas de las mismas.
Fue el tercer caso por el que Sarkozy fue condenado, pero sin duda el que más daño hizo a su imagen. El expresidente no ha dejado de reiterar su inocencia, acusando a los jueces de querer cobrarse venganza de sus años en el poder, cuando no se mostró complaciente con el estamento judicial.
Él mismo reconoció que el paso por la cárcel le dejó una profunda huella, que dejó escrita en un relato de 216 páginas, Diario de un prisionero, que como cada uno de sus 12 libros anteriores, se convirtió en un éxito de ventas.
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